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Ama de casa y otras atrocidades

AMA DE CASA Y OTRAS ATROCIDADES
 
Tenía la lengua negra después de haber tragado tanta sangre, la boca amarga y repetía un sabor metálico que no la dejaba en paz. La noche había sido un infierno, esperaban refuerzos del Norte aunque bien se conocía al Teniente Coronel Hidalgo era de esos que pretendían aguantar hasta último momento en nombre de la Patria... en nombre de la Patria se cometieron tantas atrocidades. En la línea de fuego eran pocos, el campo estaba alfombrado por cuerpos mutilados. Y en una segunda línea seguían los soldados que la rodeaban, todos experimentaban el dolor de alguna manera, las explosiones quemaban sus rostros y apenas podía respirar con una esquirla clavada en el centro de su estómago. Retorcida por el dolor se contraía y no podía disparar el arma.

Cómo había llegado allí, jamás lo entendería, es como si de repente una mano siniestra la hubiera arrojado en ese hoyo. Los días del ejército no la habían entrenado para soportar este horror, tampoco para ser madre, ni siquiera una buena esposa, se preguntaba si en realidad tantos años de simulacros de combate y preparación psíquica no los había soñado.
Los quejidos la atormentaban, trató de disparar a quemarropa contra alguien que se abalanzaba con un cuchillo en mano y cayó el peso de ese cuerpo ensangrentado, maloliente, que no le permitía respirar, que le quitaba las ganas de vivir sobre su cuerpo moribundo. Se lo quitó de encima con un movimiento brusco y lo empujó al fondo húmedo, oscuro de la fosa. Justificaba lo insano del acto con la legítima defensa, las reglas de la guerra, la naturaleza de los hombres, la obediencia debida.
No suponía de estos horrores, cuando tenía frío se abrigaba, cuando tenía calor prendía el aire acondicionado. Si había necesidad de hablar siempre tendría a alguien para sincerarse... ahora la necesidad era una obligación desenfrenada y esa persona no existía. Una palabra rondando el aire, un vocablo acariciando su herida que florecía en el centro del estómago, recordó el dibujito de su hijo para el día de la Independencia; una palomita en brillantina con una ramita de laurel en el piquito y la palabra paz en las alas. Paz parece ser un eslogan para los actos de fechas patrias pero basta estar en guerra para comprender que la palabra sólo existe en esos momentos.

En la misma fila el Sargento Arredondo daba la orden de avanzar, el miedo la paralizaba, alguien la empujó hacia adelante, llegó hasta la mitad del campo y cayó rendida por una lluvia de tierra que le sepultó el cuerpo, entonces se resignó a morir mientras las botas le pasaban por encima y los muñones, y la pólvora, y las radiaciones se le pegaban en la piel como medallas de batalla.

Y ya doliéndole el alma, haciendo de la casa una injusta contienda donde todos perdían iguales tantos, dejó ese sueño para la posteridad del tiempo y continuó armando las camas, lavando los platos, limpiando pisos. Su archivo de sobreviviente figuraba en el álbum familiar, y se dejó abatida a los influjos de una telenovela mientras las tácticas de esta guerra sutil la aplastaban, delgados filamentos desplegados en esta cruenta lucha de familias sicilianas jurándose la muerte.

PALABRAS QUE MATAN  
  Ahora que siento que el lenguaje me ha despojado, me ha quitado a mí misma, puedo volver al comienzo, al principio de todo, entonces te hablaré de la carta que escribo; de las comas que estorban y suplantan el quiebre, de las máscaras de los infinitivos, del vértigo de un punto, de esas suaves sombras sordas de los adjetivos, de la condena que propone el sustantivo.
v. z.
 
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